“El perdón abre la puerta a la esperanza”: textos para la reconciliación.

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Por: Elisabeth Ceballos Gómez

La hermana Elisabeth Ceballos Gómez, junto a otras misioneras, creó en Riosucio (Chocó) un grupo de apoyo para mujeres víctimas del conflicto armado y que hoy son constructoras de paz en la región.
En Riosucio (Chocó) la guerra no tuvo compasión. Los pájaros dejaron de cantar y prefirieron migrar, porque las bombas y las balas aturdían su melodía y cortaban sus alas. Se escuchaban los cañones como si fueran golpes de manduco en el río. La tierra dejó de producir para recibir cuerpos sin vida. Los caminos se perdieron, como desaparecen los sueños e ideales de un campesino que anhela su próxima cosecha. Los ríos se taparon porque ya nadie los transitaba por el miedo.Lo que era de todos ya no era de nadie. Los caminos y linderos desaparecieron, dejaron de florecer los jardines, dejó de ladrar el perro y la gallina silenció su cacaraqueo por miedo a que se la llevaran.
En aquellos tiempos la madre por proteger a sus hijitos se ocultó con ellos, obligándolos a no hacer ruido esquivando el peligro. Muchos niños vieron correr a sus padres tan lejos, al punto que algunos nunca más regresaron. No hubo familia que no fuera afectada por la inclemencia de la guerra y desde entonces todos llevan fisuras en su corazón, que solo el tiempo y Dios pueden sanar…
Aquí en este pueblo, herido, mutilado, desplazado y abandonado, con la ayuda de las Hermanas de la Presentación, nació un grupo de mujeres. No solo nos reunimos a orar y compartir la palabra de Dios, sino que hacemos de este encuentro la mejor terapia para sanar, curar y perdonar todas esas secuelas que la guerra dejó en el corazón. Dejamos atrás el odio, resentimiento, tristeza, dolor, venganza, rabia, miedo y todo aquello que daña y mata a cualquier persona por fuerte que sea.
Ellas poco a poco han contado su historia, su tristeza, su dificultad y aunque al inicio su corazón lloraba, hoy ya son capaces de ver este acontecimiento con otros ojos. Ya ríen, comparten, sueñan y duermen. Convirtieron este espacio en la mejor terapia de sus vidas, porque no solo aprendieron a perdonar, sino que llevan esperanza a otras mujeres, que quedaron viudas, sin sus hijos y marcadas por las inclemencias.

Vía:El Espectador.

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